Juan Pablo Calderón Patiño/Revoluciones

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Juan Pablo Calderón Patiño.– A un centenario de las revoluciones de México y Rusia, se demuestra que el siglo XX fue también el de las revoluciones sociales. En la segunda década de una centuria con dos conflagraciones mundiales, México y Rusia fueron un faro para otras naciones por las gestas emprendidas. El papel que cada una de ellas tuvo fue un desafío a los abusos del viejo orden y también a los usos de modelos de poder agotados, como escribiera Ortega y Gasset en la diferenciación entre rebeldía y revolución. La generación de un sistema político, el nacimiento de dos partidos políticos, definidos como autoritarios o totalitarios, el viraje social, cultural y económico, transformaron a sus sociedades y definieron una etapa histórica.

Es imposible conjuntar a México con Rusia por razones elementales. El primero era un Estado joven que festejaba su centenario como país independiente en 1910 y que en 1917 codificaba las demandas sociales en la Constitución. El segundo, un imperio zarista en dos continentes. Rusia logró en la URSS ofrecer al mundo un modelo alterno al capitalismo. México, en el péndulo ideológico y al compartir frontera con Estados Unidos, defensor del modelo de democracia y capitalismo, tenía que garantizar la propia existencia de su Estado.

El agotamiento del modelo revolucionario soviético alcanzó su clímax en la desaparición de la URSS. La presuntuosa y costosa “guerra de las galaxias” que enarboló Estados Unidos junto con el desastre económico soviético, aceleró el precipicio. La Perestroika (reestructuración) y el Glasnost (apertura) del último jefe del Estado soviético, M. Gorbachov, no pudo contener el final. Ya el revolucionario soviético exiliado en México, Trotsky, cuya viuda escribió a Cárdenas agradeciéndole los meses que le dio vida y cobijo, advertía que la decadencia de la revolución rusa inició con el arribo de Stalin al Kremlin. Cosío Villegas, en su ensayo “La Crisis de México” de 1947, apuntaba al agotamiento revolucionario mexicano.

En México con la primera alternancia presidencial en el poder, el partido heredero de la revolución mexicana perdía la presidencia, no obstante, el desgaste del sistema económico y social de la revolución ya tenía señales de agotamiento casi 20 años antes del 2000.

La creación de un nuevo sistema de partidos, la calidad de la democracia, el papel de ambos países en la comunidad internacional y en el multilateralismo (uno miembro del Consejo de Seguridad y potencia nuclear, otro distinguido por sus aportes al derecho internacional), son realidades que deben afrontar a partir del declive revolucionario.

Pretender hacer un revisionismo histórico tendría el riesgo de caer en un laberinto sin salida. Hoy México mantiene un proceso democrático que rivaliza con la debilidad institucional del Estado. Retos como la vecindad con Estados Unidos, el crimen organizado y la desigualdad social, implicarían revisar los vectores post revolucionarios que dieron frutos o trazar nuevos que rebasen la administración del poder. Rusia ha vuelto al tablero geopolítico global, pero su poderío nuclear y energético rivaliza con su demografía debilitada. El mayor acierto de Vladimir Putin ha sido el de reencaminar al Estado ruso como la cúspide del poder y no la de los jerarcas que al estilo de los antiguos boyardos rusos pretendían maniatar a los zares y privilegiar sus intereses sobre la construcción de una Rusia unificada.

La figura de un partido político fue clave para ambas revoluciones. Fue el hilo conductor que encauzó el reparto del poder. A cien años se vale cuestionar si se dijo adiós a los viejos partidos y formas de poder más no a la revolución, entendida como la acción permanente para transformar a las sociedades.

El autor es internacionalista por la Universidad Iberoamericana.

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